Nuestras miradas se cruzan al entrar en el edificio. Me pregunto si ambos trabajamos para la misma empresa. La respuesta es un rotundo sí. Él aprieta con fuerza el botón del ascensor y subimos hasta la cuarta planta. Viste informal, vaqueros desgastados y camisa de manga larga color granate. Una vez en la oficina, tengo la impresión de que está nervioso: desaparece, vuelve, llena su vaso de agua, me mira, se acerca, se aleja... Baila su particular vals. Aún no conozco su voz.
Mientras hago que trabajo, el chico de camisa granate cuenta a la concurrencia su opinión sobre Maradona, al argentino más conocido en el resto del planeta: “No ha dicho nada inteligente desde que tenía cuatro años. Entonces, le pidió a su madre un bocadillo porque tenía hambre”. Tiene una voz de ducados con un ligero acento argentino que se enrosca sin remedio y sin posibilidad de escapatoria a mi cintura. También tiene cara de niño bueno, labios de beso y las pestañas más largas de este lado del Atlántico. Por detrás de su charla sobre insólitos personajes de su país, me mece con una canción de cuna.
Ya conozco su nombre, por fin hemos coincidido en el mismo turno. Se llama Sergio y efectivamente viene de por allá o, lo que es lo mismo, de Buenos Aires. Él inicia la conversación, a mí me cuesta mirarle a los ojos. Transcurridos unos minutos, se me ha pasado toda la vergüenza y comienzo a sentirle muy próximo, como si nos estuviéramos esperando desde hace mucho tiempo. Hablamos de cine de autor, a los dos nos ha marcado Fernando Meirelles. Sabe quién es Eduardo Galeano y también le admira, esa ya es una buena razón para empezar algo, aunque todavía no sé el qué. También me cuenta que va a ir al concierto de AC/DC en Sevilla ese fin de semana. Le pregunto si busca que le vomiten encima. Le veo sonreír por primera vez. A pesar de AC/DC, la canción de cuna sigue ahí, no ha desaparecido, pero ahora se han añadido los últimos acordes de una guitarra eléctrica.
Seguimos coincidiendo, hay veces que el mundo gira como debe de girar. A pesar de su voz de ducados, no fuma, eso me gusta. También ya sé cómo toma el café, que le gusta mucho pasear, que no soporta el frío, que es un trotamundos (también vivió en USA cuando era pequeño) y que tiene unas manos preciosas, dignas de masturbar ángeles.
Dice mi nombre y después me da las buenas tardes, siempre por ese orden. Me gusta como suena “Sol” en su boca. Nuestras almas poco a poco empiezan a volar juntas. Sergio y Sol, no suena nada mal.
Llego un día al trabajo borracha de sueño y me siento a su lado. Tengo un nivel de concentración prácticamente nulo en circunstancias así y me estrategia es hacer bromas para aguantar el tirón. Le cuento que en una tira de Quino, Guille le dice a Mafalda: “¿Qué cuernos hago yo con el agujerito que siento adentro mio cuando no estás?” Le veo reír a carcajadas. Empiezo a creer que por esa sonrisa sería capaz de conquistar un país, de empeñar un riñón, de atravesar el mar o, qué sé yo, de darle lo mejor de mí.
Con disimulo ejemplar, sincronizo nuestros descansos respectivos para vernos en la cafetería. Se ofrece como corresponsal de guerra y regresa herido de bala con un café con leche. Está irresistible con los ojos brillantes y su excitación a flor de piel. La culpa de todo la tiene, parece ser, Doctor en Alaska.
Hay días grises y aburridos en los que el mundo entero se vuelve contra mí. En días así, discuto con proveedores y con algún que otro cliente absurdo. Sergio bromea conmigo para quitarle hierro al asunto. Me hace sentir infinitamente mejor. Quizás no tienen que ver “los otros” en esto y soy yo la que tiene el problema. Ando falta de paciencia y a Sergio le sobra. Siento que es mi espejo. Me quedo embobada unos segundos mirándole. Cierro los ojos e intento con todas mis fuerzas no sentir lo que siento. Imposible.
Le hablo de mi sobrino, del pequeño duende mágico. Ya no hay marcha atrás, es una persona especial en mi vida, sino no le hablaría de lo mejor que me ha pasado en los últimos años. También se percata de mi pasión por las palabras y todo lo relacionado con la literatura. Se muestra comprensivo con mi dolor por los amigos oportunistas. Cada vez le veo más guapo e, incluso, más alto.
Es la primera persona en felicitarme por mi cumpleaños, no esperaba menos. Se lo agradezco con la mejor de mis sonrisas lanzada directa a su corazón.
Se levanta de su puesto para pasarme una nota donde se puede leer: “Departamento de gente absurda”. Tiene letra de imprenta, muy clara y ligeramente grande, ideal para una miope como yo. Me sorprende, creía que todas las personas interesantes tienen letra de jeroglífico, pero él debe de ser una excepción. Guardo la nota entre mis papeles, para releerla cuando él libre y yo... y yo le eche de menos.
Nos encontramos por azar, como si eso existiese, en la estación de Chamartín. Le cuento que un día que él libraba me puse enferma y me trasladaron al hospital. No se había enterado y tuerce el gesto en señal de preocupación. No sabe aún que para traumatizarme a mí hace falta bastante más que un grupo de aspirantes a médicos y una sala de urgencias abarrotada. Por lo menos se necesita un parque lleno de argentinos bebiendo mate a pleno sol.
Malas noticias: no le renuevan contrato. Ni siquiera podemos despedirnos, nos falta tiempo y no coincidimos. Es la primera vez que estoy triste desde que le conocí. Comienza mi plan B para no dejarle escapar.
Reúno agallas para darle a la tecla “enviar”. Suspiro aliviada. La pelota está ahora en su tejado. La culpa la vuelve a tener Doctor en Alaska, o quizás la tenga Pedro Guerra, Ian Curtis, Eduardo Mignogna, la cerveza Quilmes o Zelig, el hombre camaleón.
Contesta a mis correos electrónicos y chateamos en un par de ocasiones. Mantenemos una conversación nocturna muy especial que marca un punto de inflexión en nuestra relación, él bebiendo un mojito y yo volando de pura felicidad hasta el techo de mi habitación. Poco a poco, le voy desvelando los secretos de mi alma: mis sueños no cumplidos, mi miedo a crear una familia, mi soledad aceptada... No olvido contarle lo principal: cómo me gustan los calcetines y mi lugar preferido para pasar unas vacaciones.
Llega el día más esperado. Quedamos para comer en el restaurante chino que está justo debajo de Plaza España, uno de mis antros más queridos en Madrid. Llego tarde y me llama dos veces para comprobar que no me escapo en el último momento. Le miro mientras come, saborea con intensidad cada bocado, casi se puede decir que es primitivo comiendo. Siempre he pensado que la capacidad para disfrutar con la comida está asociada a la capacidad de disfrutar de la vida en general. Cada vez me gusta más.
Después del restaurante chino, vienen las librerías con libros antiguos y de ocasión, lo bares pintorescos y las cafeterías con olor a cultura y a tarta de chocolate. Agotamos todos los temas de conversación imaginables. Pasamos toda una tarde juntos y ya comienza a anochecer cuando me pregunta: “¿Qué hacés vos ahora, te vas para casa?”. Le confieso que mi objetivo para ese día era acabar en la suya, salvo que tenga alguna arma escondida en el cuarto de invitados. Me jura y me perjura que no hay cuarto de invitados en su casa. Ahora es él el que me hace reír a mí.
En el ascensor, su boca aterriza por sorpresa en mi nuca. Todavía no he cruzado el umbral de su puerta y ya estoy literalmente derretida. Mi mente se llena de desconcierto y mi cuerpo de miel.
Desde la ventana de su cuarto se ve la luna llena. Y ahí estoy yo, en casa de un chico venido de Buenos Aires y que le gustan las fundas para el edredón nórdico de colores chillones. De pronto, todo se convierte en un decorado: las paredes que necesitan una mano de pintura, la funda para el edredón de color naranja, los libros desordenados, la luz de la luna, el galán, la chica... y el instante de oropel para el que tanto se ha tardado en montar todo este tinglado.
No siento miedo de perderle ni ganas de salir corriendo como con tantos otros. Lo abrazo. Me abraza. Nos quedamos así mucho tiempo. La niña que aún soy se echa a llorar, porque ese abrazo, justo ese, era el que me venía faltando desde hacía más de treinta años.
Rodamos de la mano por Raimundo Fernandez Villaverde. Estamos recién duchados, recién amados... No sabemos qué hora es ni nos importa. Me coge por la cintura y me susurra que me quería desde mucho antes que yo a él. Ahora sé lo que siente en el pecho una mujer feliz.
Se abre la caja de Pandora y le hablo con angustia de mi familia tan poco convencional, de mis relaciones turbulentas con los hombres, de mis idas y venidas a diferentes clases de chamanes... Me mira con dulzura y me dice: “Pero como nosotros nos hemos conocido ahora, no importa, cambiaremos las sábanas”. Tengo ganas de llorar otra vez.
Me da las gracias por hacerle sentir vivo de nuevo, su pasado está salpicado por la desgracia, como tantos otros pasados. Le abrazo y deseo con todas mis fuerzas que nada malo vuelva a sucederle. Siento que por una vez me gustaría creer en Dios para pedirle que le proteja. Me recorre un escalofrío. Por primera vez soy consciente de lo que pasando. Estoy sentada frente a un hombre al que no conozco, pero le descifro a cada instante. Y solo quiero estar junto a él a lo largo y ancho del próximo segundo.
Suena el despertador y abro los ojos con esfuerzo en una casa extraña. Al lado, un cuerpo conocido, caliente y amado. Me acurruco junto a él y siento que sus brazos se crearon con la única misión de abrazarme. Se levanta para prepararme el desayuno y me pide que me quede más tiempo en la cama. Le doy mil doscientos besos repartidos por toda la cara. Le quiero tanto que me dan ganas de hacerle daño. He dormido sólo tres horas y tengo clase durante toda la mañana, pero ¿qué más da?
Estamos en un restaurante cerca del barrio de Tribunal comiendo el plato preferido de ambos: pulpo a la gallega. El come de mi boca y yo de la suya. La gente nos mira, pero no nos importa lo más mínimo.
En su casa me muestra un video de uno de sus saltos en paracaídas. He encontrado un hombre que sabe volar. Ahora ya puedo gritarlo: ¡Ya no estoy sola, el que se acaba de tirar del avión es mi chico!
Me cuenta anécdotas de la mili, de todas las veces que le arrestaron, entre otras cosas, por regresar tarde al cuartel tras hacerse un tatuaje. Nos desternillamos de risa y después me quedo en silencio. De pronto he tenido la fuerte impresión de llevar mucho tiempo, años incluso, con un hueco abierto dentro de mí para alojar esos momentos.
Inventamos nuevos tipos de besos mientras permanecemos atrincherados en la cama. Qué buena excusa resulta no tener sofá en una casa para amarse a todas horas. Nuestro beso preferido, el beso con pestañas. Nos podíamos quedar así horas, sin necesidad de comer ni de beber. Por favor, que nadie pague el rescate.
Paseo a su lado por la calle, le toco la cabeza monda y lironda y le digo que si no vuelve a volar, no tiene nada que hacer conmigo. Me promete que recuperá sus alas lo antes posible. Se ha ganado un beso con aroma a canela.
Nos prometemos algo que más allá del amor eterno. Si nos necesitamos, sólo tenemos que silbar fuerte, fuerte y allá vamos. “Tú síiiiiiiiiiiiiilbame... y ya voy”.
Nos declaramos oficialmente socio y socia en esta aventura de compartir instantes. Creo recordar que fue un sábado en alta definición, o un domingo con sabor a océano, un lunes creativo, un martes de excursión... todos los días que paso a su lado son especiales.
Prometemos que nunca vamos a discutir, eso es lo más absurdo que se me puede hacer, es como intentar mover paredes. Me dije que me quiere, yo le contesto que le quiero más aún, él insiste en que me quiere muchísimo más que yo a él... Yo, tú, yo, tú, yo, tú... De ahora en adelante y por todo el tiempo que queramos, NOSOTROS.
Me hace hueco en uno de los cajones de su armario. Dejo ahí mi cepillo de dientes y el estuche de mis lentillas. Ya es oficial, me mudé a su vida. No pienso por cuánto tiempo, sólo cuenta el momento presente, pero tengo la certeza de que nuestra historia será conocida y recordada por todos los que nos rodean.
Domingo perezoso en el mejor lugar, bajo las sábanas. Me da un masaje efervescente y me pide mi dirección para mandarme una carta romántica. Es lo que siempre había deseado, alguien que me contara los lunares de la espalda y que me escribiera cartas de amor, aunque sea a ordenador-
Le pido que que me enseñe a bailar tango, pero no sabe. No es un argentino muy tradicional, lo prefiero así. Aunque cuando me dice: “Dame la manito” me hace soñar.
Le encanta jugar con niños y, a cambio, ellos le regalan aviones de madera que tienen un sitio de honor reservado en su casa. Los niños, esos seres tan sabios, siempre eligen a los mejores para que aten sus zapatos. Sergio es uno de ellos, ellos y yo lo sabemos.
Podría pasarme horas mirando como duerme, pero prefiero fingir que estoy dormida cuando me da besos. Cuando no duermo a su lado, anhelo su brazo bajo mi nuca, pero, sobre todo, extraño su aliento que me calma y cuida de mis sueños.
Celebramos el centenario del nacimiento de Miguel Hernández leyendo sus poemas acurrucados el uno contra el otro en un laberinto de piernas y brazos sin salida, no queremos que haya salida. “Sólo el que ama vuela”.
Me dice que en los próximos años sólo tiene una prioridad: cuidarme. Me viene a la cabeza una canción que Pedro Guerra y Jorge Drexler cantan a dúo, “Cuídame”. Una de sus estrofas dice: “Cuida a quién te cuida, cuida a quién te quiere, no maltrates nunca mi fragilidad”. Sergio es el encargado de cuidar de mis ojos, de mis labios, de mi risa... Pero, sobre todo, tengo la sensación de que se ha propuesto cuidar de mi vida para que se cumplan todos mis sueños. Y ante semejante despropósito, yo sólo puedo pisar la tierra que él pisa, ser el abrazo que le alivie y la fortaleza de mañana.
Hacemos planes para el próximo verano, perfeccionar el inglés, viajar a Australia o, simplemente, quedarnos juntos viendo cómo crecen las plantas.
No importa dónde estés, pero sí con quien estás y cómo te sientes. Vamos a un acto en “La Tabacalera”, fauna muy variopinta fumando y bebiendo toda clase de hierbas y brebajes. Pero somos él y yo, el resto de personas se limitan a invadir el local, sin molestarnos en absoluto. Reflexiono en que la felicidad es una actitud que empieza por no dejar al azar el timón de nuestra vida, es decir, elegir, aunque esa elección nos lleve en dirección contraria de lo que dicta la mayoría. Los paraísos sí existen, claro que sí, están a la vuelta de la esquina. Yo ya he elegido, no hay otra alternativa posible, mi paraíso está dónde quiera que esté él. Se lo hago saber, me llama loca y me recuerda que las mujeres no sabemos elegir, que él seguiría siendo virgen si fuéramos un poco más listas.
Estoy triste porque él también está triste. Me habla de nuestra diferencia de edad, piensa que ojalá me hubiera conocido cuándo llegó a España, me dice que a él ya se le ha pasado la edad para tener hijos y que yo estoy en el momento ideal para tenerlos... Tiene miedo a ser un lastre para mí. Corro al cuarto de baño en busca del papel higiénico que seque nuestras lágrimas. Le digo que en una cosa se lo nota demasiado que es argentino, aunque a él le moleste tanto reconocerlo: es un colifato sin cura posible. Unas horas más tarde, le damos una utilidad mucho más lúdica y placentera al papel higiénico. Ahora sí que hay que cambiar las sábanas.
Me descubre un lugar llamado en Manchester y como los Sex Pistols y Joy Divison sacaron a sus habitantes de la decadencia. No entiendo cómo he podido ver sin ellos tanto tiempo. Ahora mismo que nos maltratan constantemente con la palabra crisis, pienso que la música, la poesía o, simplemente, el amor, nos salvará.
Le paso el test para saber si es apto en mi vida. Según el escritor estadounidense Albert Anson Heinlein (1907-1988) “Un ser humano debería ser capaz de cambiar un pañal, planear una invasión, despiezar un cerdo, ensamblar una barca, diseñar un edificio, escribir un soneto, hacer un balance, levantar una pared, expresarse en otro idioma, remendar un hueso roto, confortar a un moribundo, obedecer órdenes, dar órdenes, cooperar, actuar en solitario, resolver ecuaciones, analizar un nuevo problema, esparcir estiércol, manejar un ordenador, cocinar una comida sabrosa, sufrir con entereza y luchar eficientemente”. La especialización es para los insectos y él lo único que no sabe hacer es enfrentarse a un cerdo, pero todo lo demás lo cumple. No elijo tan mal después de todo.Y vamos sumando días y más días y hoy... hoy es su cumpleaños.
Qué bueno qué naciste. Mil besos, hoy y todos los días, pero hoy doscientos besos más y un cuchillo de punta redondeada nuevecito para ti. Simplemente por ser tú y porque desde que te conozco entiendo mejor los poemas de Pablo Neruda, he vuelto a escuchar a Pedro Guerra y me paseo por las calles con corazoncitos en los ojos y mariquitas en mis píes. En mis espejos se refleja el cielo de nuevo. Gracias mi Sergio, mi luz, mi amor, mi socio, mi amante, mi alma gemela, mi Buenos Aires...TE QUIERO.